México conmemora la guerra de Independencia durante el mes de septiembre, la cual, además de habernos dado a nuestros héroes libertadores, estuvo marcada por diversas enfermedades epidémicas, aunque los especialistas no pueden asegurar que hayan sido devastadoras o especialmente graves.

Hasta ahora, se sabe que el surgimiento de una fiebre petequial (que causa lesiones pequeñas de color rojo debido a sangrado debajo de la piel) en el año 1813, y que probablemente se trataba de tifo (enfermedad causada por bacterias del género Rickettsia), marcó el inicio de la epidemia más importante de esta época.

Tal enfermedad epidémica apareció como efecto indirecto de la guerra, por lo que sin ella, seguramente no se hubiera manifestado. Para su propagación, esta se ajustó al patrón común que seguía el tifo, considerada enfermedad de cuarteles y prisiones, tomando dimensiones epidémicas a raíz de los movimientos de las tropas y los desplazamientos de grupos importantes de población civil. A esto se sumó el hacinamiento, la pérdida de hogares, el hambre y la pérdida de los hábitos de higiene, haciendo más vulnerables a muchas más personas.

Varios de los rasgos antes mencionados fueron aplicables a la fiebre amarilla (infección viral causada por un Flavivirus y transmitida por mosquitos del género Aedes), que es producto del mal manejo del agua y del incremento de las aguas estancadas. Esta aumentó considerablemente y de forma endémica en las zonas costeras (comenzando en Veracruz en 1812) debido a la guerra y a la inseguridad, así como por los movimientos de tropas hacia regiones consideradas como “desconocidas” pero que servían de refugio para los rebeldes que habitaban esos lugares o que estaban bien adaptados a los climas tropicales.

Los rápidos desplazamientos de los cuerpos militares y la prisa por llegar a lugares seguros por parte de las diligencias y convoyes que transportaban mercancías, motivaron la llegada de enfermos con fiebre amarilla a sitios en donde no existía, llevando a que la población de mosquitos también se disparara, pues estos insectos nunca fueron considerados como vectores de transmisión, y ahora está comprobado que propiciaron el contagio.

Cabe destacar el gran avance y alivio que representó la introducción en la Nueva España de la vacuna contra la viruela (vacuna antivariolosa) en el año 1804 por parte del doctor Francisco Javier de Balmis, médico de la corte del rey Carlos IV de España, pues fue el único recurso preventivo realmente útil del que se pudo disponer durante la Independencia.

En México, la vacuna fue distribuida por don Miguel Muñoz, quien la recibió de la mano de Balmis y no conoció límites para llevarla a donde fuera necesario. Las parroquias tuvieron sus dotaciones con una periodicidad razonable y los encargados de vacunar en ellas no faltaron a su deber. El resultado fue que nunca más se volvieron a presentar epidemias de la gravedad y magnitud como las anteriores y que, pese a los años de guerra, únicamente se presentaron brotes limitados tanto en extensión como en gravedad, al grado de que el propio Muñoz  se atreviera a afirmar que los casos de viruela registrados en 1830 habían surgido por causas naturales, de la misma forma en que, por muchos años, se habló de las fiebres eruptivas como enfermedades propias de la infancia.

Antesala de una nueva época para la medicina, la lucha contra la viruela fue fructífera y abrió paso a lo que gradualmente se transformó en la salud pública de la era moderna.

 

Vía: Medigraphic / Gaceta de la Facultad de Medicina – UNAM / Revista Ciencias